La información y el ‘síndrome John D. Rockefeller’ (I)

Cuenta José Saramago, en su espléndida novela ‘El año de la muerte de Ricardo Reis’, que un anciano John D. Rockefeller (en la foto) desayunaba todos los días con un ejemplar falsificado de arriba a abajo del ‘New York Times’. Un periódico único, distinto cada vez, encargado ex profeso por sus colaboradores, pleno de noticias que al viejo magnate -y mangante- le gustaría leer. Falseaban los datos, escondían hechos probados e inventaban otros en lo que sería para los que lo redactaban un divertido ejercicio de política-ficción.

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No lo sabía, pero el mundo idealizado y acorde a sus creencias de capitalista confiado que, cada mañana, se abría ante él poco tenía que ver con la ruinosa realidad, ésa que sucedía lejos de su mansión neoyorkina de nada menos que nueve plantas. En los años 30, el libre mercado y el parlamentarismo burgués se derrumbaban en Europa y Asia (murió en 1937), acosados por el empuje militarista del fascismo, los movimientos obreros y el éxito momentáneo de la experiencia soviética, que con una economía centralizada había transformado a un país semifeudal en una enorme potencia industrial con unos avances sociales en sanidad, empleo, vivienda y educación muy significativos. Sus últimos días los vivió feliz, el muy bobo, creyéndose perfectamente informado de que el mundo respondía a sus anhelos íntimos, le daba la razón y se comportaba según sus convicciones. Bien podría olerse el pescado y contrastar información con otros diarios, aunque fuera a su pesar. Pero la ignorancia schopenhaueriana que se llevó a la tumba es realmente conmovedora y movería a compasión si no supiéramos de la catadura –y la cara dura- ética del individuo, verdadero paradigma del monopolista sin escrúpulos que lava su conciencia y su dinero con obras de filantropía y caridad. Bien lo sabemos por su extensa descendencia que todavía sufrimos y que da nombre a un pajarraco carpetovetónico, ventrilocuado y moreno, como el apellido de su manoseador, más insufrible aún. Las niñas y niños ochenteros saben de lo que hablo. Pero eso es otra historia.

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Pues bien. Ahora no es conmovedor, sino preocupante, la globalización de este fenómeno. Es cierto que la búsqueda y posterior defensa de informaciones que corroboran nuestra visión del mundo, proporcionándonos una justificación basada en textos u opiniones de alguna autoridad más o menos reconocida, es práctica antiquísima. Lo hacía el Arcipreste de Hita (en la foto) –“dixolo Aristóteles…”- y lo hace hoy en día el vecino de enfrente –eso de “cuando el río suena…”-. Nos evitamos el fastidio del estudio continuo, la comparación reposada y activa de pareceres, el miedo a reconocer que nos hemos equivocado. Provoca un efecto anestesiador y da una coartada para el caos, un consuelo de orden y encaje de las piezas, aunque en el fondo sepamos que la realidad ni siquiera es un puzzle. Acaso, convengamos, un puzzle del que no existe modelo sobre el que fijarse para armar el cuadro -Sí. Un viejo divertimento ése de explicar la realidad con metáforas torpes, lo sabemos-.

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Pero siempre estuvieron los datos, pequeños e inconmovibles, ajenos e indiferentes, puntos de luz donde, eso sí, cada uno podía llegar por el camino que mejor le pareciera. Esos datos, mejor dicho, esos números, esos hechos, eran, son y serán interpretables. Uno se mueve alrededor de ellos y se dirige hacia ellos y se sale de ellos de maneras distintas, como en un laberinto con muchas salidas y entradas a través de montones de caminos que, eso sí, todos tienen que pasar por el mismo punto. Son obligadas encrucijadas del pensamiento, radiales de las ideas. El problema surgía antaño en que esos datos eran accesibles sólo para estudiosos, especialistas en la materia, lectores voraces, gentes con voluntad bibliotecaria, archivistas, historiadores, eruditos, curiosos… En fin, que había que preocuparse y ocuparse. Pero ahora tenemos internet con su google –esa biblioteca de Alejandría del siglo XXI- desplegando a un clic informaciones que antes costaban tiempo, voluntad y trabajo. Sólo cuesta un esfuerzo mínimo de buceo, dedo en ristre, mente abierta y ojo avizor.

Pero cada vez más los números, los datos probados, los hechos, están dejando de ser sitios obligados de paso para la opinión. Nunca han estado más cerca y a la vez más lejos. Van siendo empujados a la nada, al vertedero de lo confuso. Se esconden. Se ocultan. Se contradicen. Son muchos, Dejan indiferente. No se les da ninguna importancia y cuando alguien los saca, en muchos casos, parecieran lo que san José al parto de la virgen María: no tienen ninguna incidencia, frente a todo lo lógico y racional. Algunos escuchan los datos, los hechos, los números, como si escucharan llover mientras preguntan al vecino por el tiempo.

Vale. Es cierto que falsear y ocultar datos es más viejo que un nudo, pero tarde o temprano la verdad de los hechos probados, humildes y asépticos, se imponía. Insistimos. No hablamos de la interpretación de los datos, más o menos infinita y respetable. Hablamos del dato mismo. Por ejemplo. Si estamos unos cuantos y vemos in situ que a un señor, en plena noche, lo ha atropellado un coche que se ha saltado un paso de cebra estamos constatando un hecho. Luego podemos interpretar todos de ese hecho muchas cosas. Habrá uno que diga: eso ha pasado porque el conductor iba borracho; otro que opine: si el peatón hubiera sido prudente no hubiera pasado nada; fulanito aportará: si hubiera un guardia de tráfico en cada calle no pasarían estas cosas; menganito pensará: eso es porque no pintan desde hace mucho los pasos de cebra y apenas se ven, este alcalde es que es un inútil, etc, etc. Y todas son válidas o por lo menos respetables porque se basan en un hecho constatado. Pero si uno de los que, morbosos, allí miramos se le ocurriera decir: eso es debido a que es de día y el sol ha cegado al conductor, diríamos los allí presentes que no está bien de la azotea -nótese que convinimos en que el coche lo atropelló en plena noche- y nos miraríamos y le miraríamos extrañados.

Esa misma extrañeza es la que sentimos cuando leemos o escuchamos algunas opiniones que quieren hacerse pasar -oh, paradoja- en hechos cuando el más somero repaso de los datos contradice su misma veracidad, más cuando esos datos los tenemos al alcance de la mano –y nunca mejor dicho-. Lo vemos mucho, creo yo, hoy en día. En próximos post iremos poniendo ejemplos.

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